top of page

La campiña que hoy llora

hace 7 minutos
4 min de lectura

Por Grisel Bethancourt


Anoche me costó escribir. Había escuchado tantos testimonios de dolor, tantas historias de familias que lo perdieron todo, que por momentos sentí que ya no me quedaban palabras. Escuché a una colega quebrarse en su crónica narrativa sobre las penurias del sur de Veraguas y algo dentro de mí también se rompió. Pero ese dolor no pertenece solo a un lugar., el se extiende por comunidades de Veraguas, Herrera, Los Santos y Coclé como otros puntos del país golpeados por el terremoto de la gran falla de Azuero-Soná y por las réplicas que todavía mantienen a muchas familias en zozobra.


Quizá por eso hoy necesito volver a la memoria.


Soy capitalina, pero una parte de mi infancia y adolescencia transcurrió en la campiña azuerense. Todavía recuerdo el olor de la tierra santeña, el mugido de las vacas, el gallo anunciando la madrugada y la amabilidad de las familias campesinas. Mis veranos pasaban en Tres Quebradas, y los 6 de enero tenían para mí el sabor entrañable de las fiestas de Reyes en Macaracas o los 16 de julio en las patronales de la Virgen del Carmen cuyas misas se celebran en esa pequeña parroquia que guió por muchos años el padre español Conde. Es la foto de portada.


En aquella casa estaban Papá Mencho y Mamá Lía. Él, el señor de la casa, mientras fumaba una pipa de tabaco, hablaba de las tierras de Bombacho. Ella cocinaba en leña y fogón, y de allí salían esos olores y sabores ahumados que nunca se olvidan, mientras se conversaba o en el portal o debajo de un gran tamarindo. Eran días sencillos, pero plenos. Días de campo, de familia, de trabajo, de afecto. Días que hoy regresan con fuerza mientras veo imágenes de caminos abiertos, viviendas agrietadas, casas derrumbadas y familias tratando de salvar lo poco que les quedó.


También conocí el esfuerzo de esa vida campesina. Supe lo que era buscar agua en pozo, andar a caballo, dormir en catre de lona y caminar por caminos fangosos. Vi al campesino levantarse antes del amanecer para ordeñar las vacas, cosechar el tomate o el maíz y llenar los garrafones de leche. Vi la relación profunda con la tierra, con los animales, con el trabajo duro que no descansa. Por eso hoy duele tanto mirar esta tragedia. Porque detrás de cada casa afectada hay años de sacrificio, de ahorro, de lucha silenciosa de hombres y mujeres.


La campiña que me regaló tantos recuerdos hoy llora.


Y llora no solo por las grietas en la tierra o por las paredes que cayeron. Llora por la incertidumbre de las familias que duermen bajo lona y plástico mientras la lluvia arrecia, llora por los niños, los enfermos y los ancianos que siguen esperando atención, medicamentos, refugio, leche, pañales, comida. Llora porque en medio de una emergencia nacional, todavía a cuatro días hay comunidades que sienten que la ayuda no termina de llegar con la rapidez, la presencia y la dignidad que merecen.


Durante estos días me llamó la atención no ver suficiente presencia institucional en algunas de las zonas más golpeadas, tampoco los contigentes policiales, por lo menos no con la cercanía humana que una tragedia como esta exige. Y duele más cuando desde el propio ámbito oficial surgen voces como la de un diputado reconociendo que no todo se está haciendo bien en su gobierno y es una pena. Eso deja mal parado al gobierno, al trabajo del COE y a una estructura de respuesta que debería estar completamente volcada sobre la gente, no sobre los discursos.


En una catástrofe no basta con anunciar recursos, mover camiones o hacer balances. La gente necesita sentir que el Estado está allí, al lado suyo, caminando el lodo, escuchando, atendiendo, resolviendo. Necesita presencia y respuesta. Necesita que alguien llegue a decir: aquí estamos, no están solos.


Lo más duro de esta tragedia es que ha puesto en evidencia algo que el país conoce demasiado bien: la distancia entre lo que se anuncia y lo que realmente vive la gente en el territorio. Mientras unos hablan de ayuda humanitaria por toneladas, otros siguen tratando de protegerse de la lluvia con toldillos de lona y plástico. Mientras se reparten cifras, hay familias que solo piensan en cómo pasar la noche o en qué van a darles de comer a sus hijos.


En medio de ese panorama, el pueblo panameño ha mostrado su mejor rostro. Han sido ciudadanos, iglesias, grupos organizados, artistas, transportistas y voluntarios quienes han salido a llevar alimentos, agua, esperanza y compañía; esa solidaridad conmueve profundamente. Panamá ha sido noble, generoso y sensible ante el dolor ajeno, pero esa solidaridad no puede sustituir la responsabilidad del Estado.


Pienso en Salmonete, en Veraguas. Pienso en las familias expuestas a la lluvia anoche que a gritos pedíanque los salvaranporque se hunde la tierra con las fuertes réplicas, las casas bajo tierra y ellos en un alto, en comunidades que enfrentan no solo la pérdida material, sino también el miedo constante de que la tierra vuelva a moverse más fuerte. Pienso en cada madre que trata de dar calma a sus hijos sin tener siquiera un techo seguro. Pienso en cada adulto mayor que mira en silencio lo que quedó de su casa.


Y pienso también en Papá Mencho y Mamá Lía, en aquella cocina de fogón, en la tierra de mis recuerdos, en la nobleza de esa campiña que tantas alegrías me regaló. Tal vez por eso esta tragedia me golpea tan hondo. Porque no estoy mirando un desastre lejano. Estoy viendo sufrir a una tierra que también siento mía.


La gente no necesita más promesas ni explicaciones tardías. Necesita presencia, acompañamiento y respuesta. Necesita ver a las autoridades en el terreno, escuchar una palabra de aliento y recibir la ayuda sin demoras ni distinciones. Solo me falta el violín y un trovador para que intérprete este lamento santeño, herrerano o veraguense.


A esos campesinos, a sus esposas, hijos y nietos, les envío un abrazo solidario. Panamá no puede mirar hacia otro lado. Estas familias merecen ser atendidas con dignidad y urgencia. Merecen volver a levantarse.


Hoy llora la campiña. La mía, la tuya, la nuestra. Y lo mínimo que el país y el Estado debe ofrecerle es presencia y respuesta.


Comentarios


bottom of page