Falla sísmica de Panamá bajo la mirada de expertos

Omar Darío Cardona, doctor en Ingeniería Sísmica y Dinámica Estructural, plantea que algunos movimientos posteriores al terremoto podrían formar parte de una ruptura de la falla todavía en desarrollo. Desde Bogotá, conversó con Archivos Abiertos sobre la distancia que favoreció a la capital, la vulnerabilidad de las viviendas afectadas y la preparación ante el riesgo.
Por Grisel Bethancourt
El terremoto pasó, pero la tranquilidad no vuelve al mismo ritmo. Las sacudidas posteriores mantienen la incertidumbre entre quienes sintieron por primera vez un movimiento de esa fuerza. En las comunidades afectadas, las preguntas también son prácticas. Cuánto daño tiene la casa, cuándo se podrá regresar y qué hacer si la tierra vuelve a moverse mientras continúan las evaluaciones.
Omar Darío Cardona quien recuerda que hace dos meses hubo una catástrofe en Colombia considera que la secuencia sísmica de Panamá está despertando interés entre especialistas internacionales. Su atención se concentra en las características de los eventos posteriores y en su ubicación. Algunos movimientos, plantea, podrían formar parte de un proceso de ruptura todavía en desarrollo, una interpretación que deberá examinarse con mayor detalle a partir de los registros científicos.
Desde Bogotá, el experto colombiano conversó con Archivos Abiertos sobre el epicentro, la distancia respecto de las grandes estructuras de la capital, la debilidad de las viviendas en las zonas afectadas y la preparación de las personas. Sus observaciones conectan lo que sucede bajo tierra con una discusión sobre cómo se construye y cómo se aprende a enfrentar una emergencia.
Cardona es ingeniero civil de la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales, y doctor en Ingeniería Sísmica y Dinámica Estructural por la Universidad Politécnica de Cataluña, en Barcelona y su formación igualmente incluye estudios de posgrado relacionados con riesgo de desastres e ingeniería sísmica en Estados Unidos, Inglaterra y Macedonia. Su trabajo combina investigación, evaluación del riesgo y experiencia en la gestión pública.
Fue director nacional de gestión del riesgo de desastres de Colombia y presidente de la Asociación Colombiana de Ingeniería Sísmica. También participó en informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático y en el desarrollo de modelos para evaluar amenazas, vulnerabilidad y riesgo. En 2004 recibió el Premio Sasakawa de las Naciones Unidas por sus contribuciones en este campo.

Su conocimiento de Panamá incluye proyectos sobre riesgo sísmico. Durante la entrevista recordó estudios realizados en David y destaca el trabajo del Instituto de Geociencias y las investigaciones de la Universidad de Panamá. Esa experiencia le permite situar el terremoto dentro de una conversación más amplia sobre la amenaza y la exposición de las comunidades. Reconoce que el país cuenta con trabajo científico sobre estos fenómenos.
El sismo ocurrió el viernes 9 de octubre de 2026, a las 12:56 del mediodía. En su reporte corregido, el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá estableció una magnitud de 7.5, una profundidad de cuatro kilómetros y un epicentro a 39 kilómetros al noroeste de Tonosí. La poca profundidad es uno de los elementos que Cardona destaca en su análisis.
Un terremoto superficial, explica, ocurre cuando la ruptura se produce a pocos kilómetros de la superficie terrestre. En eventos de gran magnitud con esa característica, pueden registrarse numerosas réplicas y algunas alcanzar magnitudes importantes. La explicación ayuda a entender por qué los movimientos posteriores no tienen que ser necesariamente leves, aunque se les identifique con una palabra que a veces parece restarles importancia.
Cardona compara esa situación con la de terremotos profundos, cuyos eventos posteriores pueden ser numerosos, pero pequeños. En el caso que analiza en Panamá, señala que no se deben descartar movimientos de cierta importancia. Su planteamiento no establece cuándo ocurrirían ni cuál sería su magnitud y describe condiciones que justifican mantener la atención sobre la actividad y las medidas de prevención.
La pregunta científica que propone va más allá de contar réplicas. Al examinar la distribución de los movimientos sísmicos en el tiempo y su ubicación, algunos especialistas podrían interpretar que la dislocación de la falla no ha concluido. Bajo esa lectura, ciertos eventos formarían parte de una continuación de la ruptura y no solamente de los reajustes posteriores al terremoto principal.
Lo describe como si la falla no hubiera terminado de rasgar o de moverse. La imagen permite acercar una explicación técnica al público, pero necesita conservar su carácter de hipótesis. Cardona plantea una posibilidad que merece estudio; no presenta una conclusión definitiva sobre toda la secuencia ni anuncia un terremoto futuro de determinada magnitud.

Esa distinción importa en un momento en que una frase puede circular rápidamente y aumentar la preocupación. Decir que la ruptura podría continuar describe una interpretación científica pendiente de precisar. Afirmar que el terremoto no ha terminado convertiría esa posibilidad en una certeza. La información debe permitir que la población comprenda el riesgo sin atribuir a los especialistas predicciones que no han hecho.
Distancia de la capital del epicentro
En el análisis de las consecuencias, Cardona destaca una condición favorable para la ciudad de Panamá. La capital quedó relativamente lejos de la zona epicentral. Esa separación aparece en su explicación sobre el comportamiento de las grandes estructuras y los rascacielos. El impacto, insiste, debe examinarse teniendo presente dónde ocurrió el terremoto y qué poblaciones estaban más cerca.
Como referencia geográfica, a la cabecera de Herrera y Azuero, se encuentra a unos 250 kilómetros por carretera de la ciudad de Panamá. Ese recorrido permite ubicar la separación entre ambas ciudades, pero no corresponde a la distancia directa entre la capital y el epicentro. La observación del ingeniero sobre las grandes estructuras se refiere a su lejanía de la zona donde se originó el evento.
La distancia favorable tampoco permite asegurar cómo habría respondido cada edificio ante un terremoto más cercano. Cardona no afirma que los rascacielos habrían colapsado. Su comentario pone el acento en una condición que benefició a la capital, mientras recuerda que el comportamiento de las edificaciones forma parte de un análisis de ingeniería y requiere examinar sus características particulares.
En las pequeñas poblaciones de Azuero, su preocupación se dirige a la cercanía a la ruptura y a las condiciones de las construcciones. Considera que las evaluaciones detalladas permitirán conocer mejor la dimensión de los daños. Las imágenes ofrecen una primera aproximación a lo ocurrido, pero no sustituyen las inspecciones necesarias para establecer la condición de las estructuras.
El balance preliminar del Centro de Operaciones de Emergencias y Sinaproc, con corte a las 6:30 de la tarde del sábado 10 de octubre, registraba al menos 600 viviendas afectadas. El Ministerio de Educación reportaba 419 centros educativos oficiales con daños. Hasta ese momento, las autoridades no informaban de fallecidos ni desaparecidos; las evaluaciones seguían abiertas.

Los recuentos provinciales reunían a más de 1,200 personas afectadas o alojadas en albergues. En Los Santos se contabilizaban 721 personas de 182 familias; en Colón, 201 personas, y en Bocas del Toro, 28. En Mariato, Veraguas, unas 255 personas permanecían en dos albergues. Son registros de situaciones distintas que todavía no representan un balance definitivo de todos los damnificados.
Herrera reportaba 206 residencias afectadas; Veraguas, 202, y Coclé, 149. En Chiriquí se contabilizaban 49 viviendas dañadas, diez de ellas con afectaciones totales. El panorama da contexto a la preocupación de Cardona por las construcciones vulnerables. Sin embargo, determinar por qué sufrió daños cada vivienda requiere una evaluación particular y no puede resolverse únicamente a partir de una fotografía.
Las afectaciones se extendían por las diez provincias, con daños de distinta gravedad en viviendas, escuelas, instalaciones de salud, carreteras y otras estructuras. El balance incluía Herrera, Los Santos, Veraguas, Coclé, Chiriquí, Colón, Bocas del Toro, Panamá Oeste, Panamá y Darién. También registraba centros educativos afectados en las comarcas Ngäbe-Buglé y Guna Yala.

En Los Santos, cinco comunidades permanecían incomunicadas por daños en puentes, carreteras y deslizamientos. El acueducto rural de Tonosí está fuera de servicio y se reportaban problemas de suministro eléctrico. Esas condiciones muestran cómo la emergencia se prolonga después de la sacudida, cuando el acceso a las comunidades y la recuperación de servicios se vuelven parte de la respuesta.
Cardona advierte sobre edificaciones que no se construyeron pensando en normas sísmicas y sobre viviendas levantadas de manera relativamente informal. Su preocupación está en la capacidad de esas estructuras para resistir un movimiento fuerte. Que una comunidad tenga casas pequeñas, en lugar de grandes edificios, no elimina la necesidad de examinar cómo fueron diseñadas y construidas.
Una vivienda dañada representa mucho más que una estructura pendiente de revisión. Compromete el lugar donde una familia guarda sus pertenencias y organiza su vida. La inspección tiene, por eso, una consecuencia concreta. Debe aportar información sobre la condición de la casa y sobre las decisiones necesarias para que sus habitantes no tengan que resolver el regreso solamente desde el miedo o la necesidad.
La preocupación del especialista también alcanza los daños que todavía puedan identificarse. Durante la conversación expresó alivio ante la información que manejaba sobre la ausencia de un número elevado de víctimas, pero insistió en esperar evaluaciones más completas. Su observación recuerda que un balance preliminar describe lo conocido hasta un momento determinado y puede cambiar conforme se llegue a otras comunidades.
Miedo a los sismos
El miedo ocupa otro tramo de la entrevista. El susto, el pánico y las preocupaciones, sostiene Cardona, no son reacciones exclusivas de los panameños. Se presentan en cualquier parte del mundo. Sin embargo, vivir por primera vez una sacudida de esa fuerza añade una dificultad para quienes no tienen una experiencia previa que les permita reconocer lo que están enfrentando.
El ingeniero lo explica mediante la reacción de una persona que piensa que nunca había sentido algo semejante. Esa sorpresa influye en la forma de vivir la emergencia. Los movimientos posteriores pueden mantener la inquietud, mientras la falta de familiaridad con el fenómeno deja preguntas sobre qué hacer, dónde permanecer y cómo responder cuando vuelve a sentirse una sacudida.
Cardona compara esa experiencia con la de países como el suyo o donde las personas han vivido más sismos a lo largo de su vida. Menciona Colombia, otros países centroamericanos y Chile. Su comparación se concentra en la experiencia acumulada y en la educación. Haber sentido terremotos antes no elimina el miedo, pero puede acompañarse de aprendizajes que ayuden a reconocer riesgos y actuar.
Uno de los ejemplos que utiliza es observar las salidas de emergencia al entrar a un edificio. Cuenta que él suele mirar por dónde podría salir cuando ingresa a un lugar y relaciona esa costumbre con la educación que recibió en el colegio. La prevención aparece en su relato como un hábito que se incorpora mucho antes de una emergencia.

Ese aprendizaje necesita espacio en la vida cotidiana. Conocer una salida cuando todavía hay calma es distinto de buscarla en medio del susto. La experiencia que describe Cardona muestra el papel de la escuela en la preparación, pero también el de las personas que administran y utilizan los edificios. La seguridad requiere que esos conocimientos puedan ponerse en práctica.
En Panamá, señala, existen estudios sobre amenaza sísmica y proyectos de evaluación del riesgo. Los períodos largos sin eventos importantes no permiten concluir que una zona esté exenta de sufrirlos. Una falla puede pasar muchos años sin producir un terremoto de gran magnitud; esa ausencia de experiencias recientes puede influir en la percepción de la población y en la atención que dedica a prepararse.
Por eso insiste en la gestión del riesgo de desastres y en la aplicación de normas estructurales y de construcción sismorresistente. Su argumento vincula la seguridad de los edificios con la de sus ocupantes. Las decisiones sobre cómo construir tienen consecuencias para quienes viven en una casa, estudian en una escuela, reciben atención médica o trabajan dentro de una estructura.
La entrevista deja una discusión que deberá continuar cuando disminuya la atención sobre las réplicas. El conocimiento científico ayuda a entender la amenaza, pero la protección también depende de cómo se construye, se inspecciona y se prepara a la población. El terremoto obliga a examinar esa relación y a reconocer dónde siguen existiendo debilidades.
La secuencia sísmica permanece bajo observación. Cardona plantea preguntas sobre la ruptura, destaca la distancia que favoreció a la capital y advierte sobre las viviendas vulnerables. En las comunidades afectadas, esas explicaciones se encuentran con una necesidad inmediata. Conocer qué ocurrió importa; contar con una evaluación de la casa y con condiciones para recuperar la seguridad también.


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